12. Uniones de hecho

En las décadas finales del siglo XX han surgido, junto a la institución matrimonial, otras formas alternativas de convivencia caracterizadas porque sus miembros deciden cómo unirse sobre la base del principio de la autonomía de la voluntad. El Derecho no ha permanecido impasible frente a las expectativas que genera este cambio social. de hecho, sin dejar de ser el matrimonio, por el momento, el recurso más común para aquellas personas que deciden vivir en pareja, los modos de convivencia distintas al matrimonio han dejado de ser marginales para acreditarse como figuras plenamente aceptadas por la sociedad.

A día de hoy, y tras la promulgación de 1978, la familia ha dejado de ser una institución de origen sólo matrimonial y se admiten como válidos nuevos modelos de relación que igualmente permiten hablar de familia.

Acercarnos al estudio de este tipo de relaciones implica hacer una serie de consideraciones previas. Familia y matrimonio han estado tradicionalmente relacionados.

En su origen, se consideraba familia a un grupo más o menos extenso de personas, normalmente unidas por vínculo de parentesco, regidos por sus propias normas de convivencia y coronado por el principio de autoridad. En la comunidad tradicional la familia se convierte en una estructura social imprescindible. A través de ella se conseguía la perpetuación de sus miembros, pues se aseguraba la procreación, se formaba un núcleo de apoyo mutuo y se ofrecía sistemas de autoresolución de conflictos asistenciales.

En esta línea el matrimonio tradicional se conectaba de manera muy precisa al concepto de familia. La institución matrimonial se caracteriza, bajo esta concepción, por la indisolubilidad, la heterosexualidad y la monogamia, de tal forma que así se asegura la procreación. Además, de esta forma se consigue la publicidad y seguridad jurídica que otorga el matrimonio.

Fruto de todo ello, el matrimonio se convierte en una institución jurídica con una fuerte legitimación social, que a su vez actúa como piedra angular de su formalismo y juricidad. Y esa aceptación por la sociedad del matrimonio como única vía posible provoca que otras formas de convivencia sean vistas con recelo e incluso sean consideradas delictivas.

Sin embargo, en la sociedad contemporánea han aparecido nuevos modelos de convivencia entre las personas que se asumen como correctos y que cuestionan la solitaria regulación de las relaciones afectivas por el matrimonio.

Desde esta óptica, son muy diversas las formulaciones surgidas en torno al concepto, definición y caracteres de los distintos modos de vida que los individuos, en ejercicio de su libertad, deciden utilizar. Se podría distinguir entre:

  • Las relaciones de quienes deciden convivir en pareja sin someterse a la regulación legal del matrimonio, ya sea por razones ideológicas, ya por intentar rehusar el control social que deriva de la fórmula jurídica impuesta.

  • Las relaciones que surgen como consecuencia de impedimentos transitorios (tardanza en la resolución del expediente de divorcio).

  • Las relaciones de ayuda mutua (ancianos que conviven con estudiantes a cambio de compañía o ayuda).

  • Las relaciones de quienes, queriendo contraer matrimonio, actualmente no pueden acceder a él por concurrir impedimento permanente (relaciones homosexuales).

En esta amalgama, la doctrina no logra ponerse de acuerdo en cuanto al concepto a utilizar, su definición, carácter y tamiz jurídico. A modo de recapitulación, pueden definirse este tipo de uniones: pareja de hecho, uniones extramatrimoniales, parejas registradas, etc.

En este tema, existen condicionante morales, sociales, ideológicos y religiosos. Sin embargo, lo cierto es que el Derecho no ha permanecido mudo ante estas nuevas formas de convivencia y, de hecho, las legislaciones nacionales de muchos países comienzan a regular las parejas extramatrimoniales, no sólo desde el punto de vista de sus efectos jurídicos, sino también en cuanto a su composición, requisitos estructurales, modos de garantizar la seguridad y publicidad jurídica y causas de su extinción.

Las parejas registradas en los países de la Unión Europea

El Convenio Europeo de Derechos Humanos de 1950 protege la vida privada y familiar, al tiempo que consagra el derecho a fundar una familia y a contraer matrimonio.

Sin embargo, a lo largo de su articulado, no se encuentra referencia alguna a las uniones de hecho.

La preocupación por este tipo de relaciones en el ámbito europeo tiene su origen en diversas Recomendaciones de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa y en Resoluciones del Parlamento Europeo. La política seguida por ambas instituciones fue instar a los gobiernos para que adecuen sus regulaciones, tanto para acoger en su seno este tipo de uniones, como para adoptar las medidas necesarias que permitan otorgar la igualdad de trato jurídico a todos los ciudadanos con independencia de su orientación sexual, permitiéndoles acceder a regímenes equivalentes al matrimonio.

Por su parte, los órganos jurisdiccionales europeos mantienen líneas contrarias.

Mientras el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas se muestra reticente a reconocer la equiparación entre uniones de hecho y matrimonio, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos tiende a proteger otro tipo de relaciones de facto, distintas al matrimonio, pues entiende que el CEDH es un instrumento vivo que siempre debe ser interpretado de acuerdo con el contexto social imperante en cada momento en una sociedad democrática, pluralista y tolerante. En este sentido, el concepto de familia se amplía para acoger distintas formas posibles para su fundación, al tiempo que el TEDH huye de aportar un concepto exclusivo de la misma.

Esta reacción ha provocado una reacción en cadena, donde diversos países de la Unión Europea han optado por actualizar sus legislaciones promulgando leyes que permitan delimitar, de una forma más o menos clara, el régimen jurídico de las parejas registradas.

En el mapa europeo, los países que ya han legislado sobre este tema parecen agruparse en torno a tres grupos. El primero de ellos engloba aquellos Estados donde las parejas de hecho se encuentran fuertemente consolidadas. En el segundo grupo se encuentran los países en los que este tipo de relaciones son un fenómeno social emergente.

Finalmente, en el tercer grupo, las uniones de hecho no dejan de ser un fenómeno social poco extendido. Más que aportar un criterio de ordenación sistemática, este dato nos permitirá comprender las diferencias y similitudes que en muchas ocasiones encontraremos entre las normas estudiadas.

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