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04. Los momentos de crisis

Introducción

La existencia de los derechos humanos no ha sido nunca pacífica. Su nacimiento se produce en un contexto de grave opresión por parte del poder absolutista hacia el pueblo gobernado. Por eso, las primeras declaraciones universales tuvieron lugar después de sangrientas revoluciones. Los dos últimos siglos han contemplado una terrible lucha por su implementación, lucha producida en dos campos, el de la teoría jurídico-filosófica y el de la realidad política. Ya en el siglo XVIII, eran muchos los juristas que ponían en duda su existencia. Posteriormente en los siglos XIX y XX asistimos al surgimiento de ideologías políticas totalitarias que negaban de raíz muchos de los postulados básicos de las teorías iusfilosóficas que dieron pie a las declaraciones de derechos. Los movimientos fascistas y buena parte del movimiento comunista se caracterizaron por la negación de valores tan directamente relacionados con los derechos humanos como la libertad de pensamiento, la igualdad de todos los hombres, la imparcialidad de la justicia, etc.

Y no solamente existió un rechazo en el campo de la retórica sino que hemos asistido a la existencia de regímenes que se han caracterizado por su rechazo parcial o total, a la puesta en práctica de los requerimientos marcados por la defensa de los derechos humanos. El nuevo escenario se caracteriza por la progresiva decadencia del Estado-nación como agente vertebrado esencial del orden mundial y por ese fenómeno de reciente aparición al que hemos dado el nombre de globalización.

Las crisis teóricas

Introducción

El primer grave obstáculo al que se han enfrentado las teorías que defienden la existencia de los derechos humanos proviene del campo de las ideas, del mundo del pensamiento iusfilosófico. Podemos decir que existe todavía una agria discusión en torno a esta materia, aun cuando en los últimos tiempos parezca cada vez más mitigada.

Las críticas teóricas a los derechos humanos no son uniformes sino que deben clasificarse en dos grupos diferentes. En primer lugar debemos hablar de las teorías que pretenden suprimir algunos de los derechos humanos, pero que aceptan la vigencia de buena parte de ellos. Por encima de todo estaría aquí el reducionismo liberal. Más preocupante resulta una segunda forma de oposición que sencillamente considera que éstos no existen.

La crítica de Edmund Burke

El británico Edmund Burke desde su obra “Reflexiones sobre la Revolución Francesa” aparecida en 1790 critica duramente el concepto de derechos humanos, reprochando a los revolucionarios franceses el abandono de las tradiciones propias de esta nación durante generaciones. Burke se encuentra entre los defensores de los ideales conservadores a lo largo de la historia. Reniega de cualquier ideal revolucionario porque lo asocia directamente a una ruptura con un modelo social, idea que le horroriza. Para él la sociedad es un pacto fijo con un juramento inviolable cuya principal misión será la de mantener a cada uno de sus miembros en el lugar que les corresponde. Burke propone la reforma, esto es el cambio paulatino y no violento, la transición, en vez de la quiebra, el tránsito basado en la historia en lugar de la deconstrucción absoluta. Llega a un rechazo de los ideales abstractos que justifican la existencia de los derechos humanos argumentando que como las libertades y las restricciones varían con los tiempos y que como las circunstancias admiten infinitas modificaciones no pueden establecerse mediante una regla genérica.

La oposición de Burke a los derechos humanos no es frontal ni completa en cuanto que acepta como grandes logros de la historia los obtenidos por las revoluciones británicas del siglo XVII que cristalizaron en un sistema constitucional y parlamentario alabado por el citado autor. Burke defiende abiertamente los postulados de Locke. Además su crítica no se extiende a la obra de los revolucionarios americanos y por eso su posición ha de ser calificada como de un tanto ambigua.

Una vez argumentada la imposibilidad de llegar a una concepción de los derechos humanos como derechos naturales Burke recurre a la historia para justificar la propia existencia de los derechos. El autor británico llega a una fundamentación de los derechos que hace de éstos realidades históricas. Por tanto romper con ese proceso supone tanto como desenraizar los propios derechos.

La crítica antimoderna

Autores como De Bonald, De Maistre o Villey manifiestan un profundo rechazo a los fundamentos que caracterizan la modernidad. Dado que la teoría de los derechos humanos es precisamente una de las bases del pensamiento moderno será contra ella donde se dirijan los ataques de toda esta corriente.

Louis de Bonald

Tuvo ocasión de vivir de cerca la revolución francesa. Para él el orden social natural es esencialmente jerárquico, de tal modo que el mejor gobierno es una monarquía fuerte. La política debe en todo caso encuadrarse en la historia y ésta se halla gobernada por la Divina Providencia.

Joseph de Maistre

Considerará a la Filosofía de la Ilustración como una de las más vergonzosas épocas del espíritu humano. Escribirá que los únicos derechos que realmente existen son aquellos que pertenecen al soberano y a la aristocracia y son éstos quienes los pueden hacer extensivos al resto de los ciudadanos de forma graciosa. El acuerdo del pueblo es, en sí, imposible si no hay una autoridad superior.

Critica con dureza las teorías de Locke.

Michel Villey

Resucita buena parte del ideario contrarrevolucionario y antimoderno a través de un llamado " realismo clásico ". Su crítica parte de una concepción general del Derecho como búsqueda de lo justo en el caso concreto, en lugar de la idea del Derecho como ley, propia de la modernidad. El autor propondrá una vuelta a las fuentes clásicas que permita sustraernos a la mistificación de conceptos como el de soberanía popular, o el de derechos humanos, que a su juicio no pasan de ser un constructo irrealizable. Considera que los derechos humanos tienen un carácter ilusorio y no pasan de ser realidades vagas, extensas e irreconciliables entre sí. La modernidad para él ha fracasado completamente a la hora de crear una filosofía del Derecho.

Las críticas procedentes del Romanticismo y la Escuela Histórica

A mediados del siglo XIX, especialmente en el ámbito alemán, el movimiento romántico se caracteriza por su profundo rechazo a los ideales de la Ilustración. Se produce una reacción visceral contra nociones como la racionalidad humana que se pospone en favor del sentimiento y de las pasiones y también se reacciona contra el universalismo reemplazado por un nacionalismo exacerbado. Esta corriente cristaliza en el Derecho Histórico, que es la expresión de la conciencia del pueblo, y que era defendida por autores de la talla de Savigny. Se formó un pensamiento jurídico contrario a todo tipo de generalización que idolatra la resolución del caso concreto y que desconfía de nociones como la de la soberanía nacional, la regla de la mayoría o la igualdad de todos los hombres.

Inevitablemente se llega a la negación de los derechos humanos caracterizados por su universalismo y su carácter igualatorio, factores ambos completamente opuestos a la ideología analizada.

Las críticas provenientes del marxismo y del fascismo

El rechazo marxista de los derechos humanos proviene de la obra del propio fundador de dicha ideología, Marx, quien en sus Anales Franco- Alemanes expone los puntos fundamentales de su ideología basada en su presunta inutilidad para conformar un modelo social adecuado a las necesidades del proletariado. Este tipo de derechos no son un instrumento útil para liberar al hombre de la alienación que sufre sino más bien una herramienta empleada por la clase burguesa para continuar con el proceso de explotación de la masa obrera.

Con esta base, Lenin llega a un rechazo absoluto de los logros conseguidos por La paulatina instauración de los derechos humanos, como el parlamentarismo o el sistema de libertades de asociación o huelga, propugnando en su lugar un modelo caracterizado por la dictadura del proletariado que dio lugar a los férreos regímenes comunistas del siglo XX.

El fascismo por su parte puso el acento en los componentes irracionales de la conducta, oponiendo al mismo tiempo al individualismo liberal un ideal corporativista. A ello se debe unir su afirmación de la desigualdad natural entre los hombres y sobre todo entre las razas. Los regímenes de este corte son tal vez los que han manifestado un rechazo más absoluto, tanto desde el punto de vista teórico, como sobre todo desde la práctica a los derechos humanos.

Las críticas parciales a los derechos humanos

Tendríamos que hablar por último de una serie de corrientes que sin eliminar la posibilidad de fundamentar racionalmente los derechos humanos realizan negaciones parciales de tales derechos.

Desde un punto de vista claramente individualista autores muy diferentes como Popper y Von Hayek, han manifestado que la igualdad y libertad son valores claramente inconciliables. Ambos autores llegan a la conclusión de que la primera debe supeditarse la segunda, so pena de someter al individuo a una restricción injustificable de su libertad. En el caso del primero está restricción tiene el carácter de un mal necesario; para el segundo se muestra mucho más proclive a recortar cualquiera de los mecanismos que aseguran la igualdad y a su juicio carece de fundamento intentar incluir dentro de los derechos humanos a los derechos económicos y sociales.

En esta línea de razonamiento con otros matices se inspira la obra de grandes teóricos del contractualismo contemporáneo, como Rawls, o Buchanan, que intentan encontrar el fundamento de los derechos humanos en un consenso racional. El primero reitera la idea de los autores anteriores diciendo que los postulados de la libertad son siempre más fuertes que los de la igualdad y por lo tanto los primeros han de prevalecer. Buchanan, por su parte llega a la misma conclusión que el anterior, la minimización del Estado, pero partiendo de los postulados de la eficiencia. Para él para respetar eficientemente los derechos humanos hay que primar los procedimientos de racionalidad sobre cualquier otro tipo de procedimientos. Y dado que a su juicio, es sólo en la esfera de libre mercado donde se encuentra la esencia de la racionalidad, los derechos humanos han de supeditarse a las exigencias de éste.

Nozick, por su parte encuentra una justificación a los derechos humanos en el propio individuo, lo que le lleva a conceder un peso casi absoluto a los derechos individuales.

Las dificultades en la aplicación práctica de los derechos

Los límites de los derechos civiles y políticos

Los derechos humanos contenidos en las primeras declaraciones eran derechos civiles y políticos, propios de la clase burguesa dominante. Con el avance del siglo XIX el proletariado va tomando posiciones en cuanto a que las libertades reconocidas no eran suficientes para lograr sus objetivos. A partir de la publicación del MANIFIESTO COMUNISTA, en 1848, se entra en una nueva época reivindicandose una nueva clase de derechos.

En la segunda mitad del siglo XIX la lucha por los derechos humanos se centra en la consecución de los derechos económicos, sociales y culturales, lograda finalmente en el siglo XX, con la CONSTITUCIÓN MEXICANA DE 1917 O LA DE LA REPÚBLICA DE WEIMAR . Surgía así el Estado Social de Derecho cuyas previsiones iban mucho más allá de lo previsto por el Estado Liberal, propio del siglo XIX, ya que incluían toda la segunda generación de derechos.

Es difícil imaginar cómo la misma burguesía que sacralizado el derecho a la propiedad privada y las libertades civiles pudo en aquellos momentos, dar carta de naturaleza a unos derechos, gracias a la concesión de esta segunda generación; la clase burguesa fue capaz de contentar lo suficiente a las masas obreras como para alejar el fantasma de la revolución comunista. No fue en la Europa Occidental burguesa donde llegó a producirse la sublevación del proletariado.

Los límites de los derechos económicos, sociales y culturales

El proceso de colonización llevado a cabo en los siglos XIX y XX no significó la extensión de los derechos a las poblaciones indígenas; hubo enormes cantidades de población distribuida entre los países más pobres que permanecieron completamente incapaces de promover un desarrollo adecuado de los derechos humanos. Al final del proceso de descolonización se alzaron numerosas voces que reclamaba la creación de una nueva generación de derechos humanos que fuera capaz de satisfacer adecuadamente las demandas de dichos países.

A partir de ese momento comenzó una dialéctica que consideraba que los derechos humanos habían alcanzado sus cotas máximas para unos mientras que para otros desde los países subdesarrollados, se pensaba que todavía era necesaria una nueva generación que trabajara sobre las desigualdades. Surgen así los derechos humanos de solidaridad o de la tercera generación que, superando el marco de la sociedad occidental, extienden su campo de actuación a todos los grupos humanos. Son un tipo de derechos que yendo más allá del individualismo propio de los derechos burgueses poseen como sujeto a colectivos humanos incorporando así el postulado revolucionario de la fraternidad entre los hombres.

Se produce de forma definitiva la ruptura del modelo burgués de derechos humanos, centrado en el individuo aislado, y encerrado en un escenario predominantemente nacionalista. El bienestar socio- económico y cultural en el ámbito universal pasa a ser un objetivo esencial de todo el sistema.

La superación del modelo estatal

Planteamiento de la problemática

Este es el presente de los derechos humanos. En los últimos años se está produciendo un profundo cambio en nuestros sistemas políticos. Es un lugar común hoy en día hablar de la quiebra del Estado Social e incluso, de la pérdida de poder de los Estados. Hay al menos una cuestión en la que casi todos los autores coinciden: hoy en día ya no hay ningún Estado que pueda permitirse vivir ajeno a lo que ocurre a su alrededor.

En un mundo globalizado, en el que los adelantos tecnológicos o las actividades delictivas pueden ir más allá de las fronteras de un país, afectando a los que le rodean, no cabrá hablar de soberanía nacional exclusiva, sino que hay muchas garantías que sólo pueden ofrecerse en un marco supraestatal. Dentro de este tipo de actuaciones estaría la internacionalización de las organizaciones criminales, los atentados contra el medio ambiente y la proliferación de las comunicaciones.

Internacionalización de las organizaciones criminales

Han aparecido grandes mafias internacionales del crimen y esto ha hecho que sea imposible proteger adecuadamente derechos humanos esenciales como el de la vida, el de la integridad física o incluso el de la paz desde las estrechas fronteras de un Estado. Se hace necesario un concierto entre los diferentes Estados.

Atentados contra el medio ambiente

Bastaría con recordar el de la central nuclear de Chernobyl para ver que los fallos que se puedan producir en un país pueden causar graves consecuencias en todos los que comparten frontera con él.

Nuevas formas de comunicación

Cabe que algunas personas aprovechan la dificultad que encierra la existencia de un sistema libre de comunicación y para volcar en el información que pueda ofender gravemente valores esenciales para muchos otros seres humanos.

Las nuevas perspectivas de los derechos humanos tras la quiebra del marco estatal

Ya no es posible garantizar una defensa efectiva y de los derechos humanos de los ciudadanos de un país exclusivamente a través de los mecanismos de protección de los que les dota el Estado al que pertenecen . Se imponen actuaciones concertadas. Esto nos crea dos necesidades concretas: en primer lugar la de dotarnos de un sistema de normas supranacional que sea capaz de articular adecuadamente una protección integral de los derechos humanos; en segundo lugar la creación de unos órganos capaces de velar por el cumplimiento de dichos acuerdos, de tal forma que todos los Estados firmantes deban después responsabilizarse de su actuación al respecto.

Sistema de normas supranacional

En lo atinente a los documentos esenciales para la creación de un orden internacional debemos citar en primer lugar la DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS de 1948 que continúa conservando toda su vigencia. Junto a ellas señalaremos por su importancia, EL PACTO INTERNACIONAL DE DERECHOS CIVILES Y POLÍTICOS Y EL PACTO INTERNACIONAL DE DERECHOS ECONÓMICOS, SOCIALES Y CULTURALES. Son textos que se mantienen como referente válido de cara a la instauración mundial de un sistema político-judicial que permita la defensa de los derechos humanos. A estos documentos habrían de unirse Las Resoluciones de la ONU por su especial importancia, la CONVENCIÓN EUROPEA PARA LA SALVAGUARDA DE LOS DERECHOS DEL HOMBRE Y LAS LIBERTADES FUNDAMENTALES de 1950, la CARTA AFRICANA DE LOS DERECHOS DEL HOMBRE Y DE LOS PUEBLOS de 1981 o la DECLARACIÓN AMERICANA DE DERECHOS Y DEBERES DEL HOMBRE de 1948.

Órganos capaces de velar por el cumplimiento

La propia CARTA FUNDACIONAL DE LAS NACIONES UNIDAS preveía en su artículo 92 La creación de un TRIBUNAL INTERNACIONAL DE JUSTICIA; este organismo que constituye el órgano Judicial principal de la ONU se ha limitado a resolver los conflictos que los Estados le someten, de acuerdo con el derecho internacional vigente. Las competencias de dicho tribunal en materia de derechos humanos son escasas por no decir nulas. La única forma de defensa efectiva de dichos derechos ha sido hasta fechas muy recientes, las resoluciones condenatorias del CONSEJO DE SEGURIDAD que no es, como es de sobra conocido, una instancia judicial.

Debemos recordar que, aunque tanto el PACTO INTERNACIONAL DE DERECHOS CIVILES Y POLÍTICOS y como el PACTO INTERNACIONAL DE DERECHOS ECONÓMICOS, SOCIALES Y CULTURALES establecieron sendos COMITÉS para el seguimiento de la aplicación de dichos acuerdos, la perspectiva histórica demuestra que su labor no ha sido todo lo eficiente que todos nos hubiera gustado que fuera. En los últimos cincuenta años no se ha podido hablar de un sistema eficaz de protección universal.

Todo lo mencionado debe ser no obstante cuidadosamente matizado tras la creación de LA CORTE PENAL INTERNACIONAL, regulada por el ESTATUTO DE ROMA aprobada su vez el 17 de julio de 1998 por la Conferencia Diplomática de Plenipotenciarios de las Naciones Unidas, que ha empezado ya a funcionar de una forma efectiva. En dicho Estatuto se prevé que la Corte tendrá competencias para perseguir algunos de los atentados más graves contra los derechos humanos, como genocidio, los crímenes de lesa humanidad, Los crímenes de guerra o el crimen de agresión. Cabe destacar que su ámbito de aplicación se extiende al territorio de todos los Estados firmantes del Estatuto y en condiciones especiales, a otros Estados lo cual da buena cuenta de su vocación marcadamente universalista. Se puede concluir que esta nueva figura puede ser un elemento crucial en la futura defensa de los derechos humanos en un mundo en el que los Estados ya no podrán seguir asumiendo el peso de dicha tarea de una forma efectiva.

Hay no obstante algunos puntos oscuros que restan efectividad a esta Corte.

En primer lugar la protección que ofrece dicho Tribunal no se extiende a todos los derechos humanos. De otra parte es un hecho incontestable que algunos países no han ratificado el Estatuto de Roma ni admitido por tanto la jurisdicción de la Corte Penal Internacional siendo uno de los principales ausentes Estados Unidos.

Concluiremos diciendo que pese a sus evidentes limitaciones a la CORTE PENAL INTERNACIONAL ha abierto un camino extremadamente prometedor en lo que se refiere a la protección de los derechos humanos en el ámbito supranacional. Supone tanto como reconocer que el viejo modelo de soberanía nacional ha quedado anquilosado si lo que se pretende es la construcción de un sistema de relaciones internacionales basado en el respeto a los derechos humanos.

Globalización y derechos humanos

La globalización y los derechos civiles y políticos

La globalización es como tal, un proceso transformador que partiendo de la enorme capacidad de comunicación de la que nos han dotado los nuevos medios, y de la apertura generalizada de los mercados al comercio exterior, nos ha introducido directamente en un escenario sumamente novedoso y que todavía debe ser convenientemente definido.

La globalización viene marcada por la decisiva influencia de un tipo determinado de pensamiento: el liberalismo de corte democrático, que es la doctrina que ahora mismo gobierna la mayor parte de los países occidentales. Parece obvio que un proceso globalizador como el actual, guiado firmemente por las formas de pensamiento occidentales, acabe expandiendo el modelo de democracia occidental por todo el mundo.

Pero frente a lo que se pensaba en un primer momento la globalización no ha dado lugar a un único tipo de capitalismo sino que son muchos los países que han aprendido a combinar un sistema de economía de mercado con una forma política propia, y en muchos casos muy alejada del sistema democrático que en nuestros países se halla tan indisolublemente unido el liberalismo. El ejemplo más claro de esta tendencia es China. Naciones como Arabia Saudí, Argelia o algunos países de América latina han sido son buenas muestras de que democracia y globalización no van necesariamente unidas.

Aunque se produzca una expansión en la cifra de países que adoptan la democracia no quiere decir que la calidad de dichos sistemas sea la óptima.

La corrupción, el nepotismo, o la ausencia de un sistema judicial independiente efectivo siguen siendo taras peligrosas en países de América latina o del Este de Europa.

La globalización y los derechos económicos, sociales y culturales

La globalización no ha supuesto sino un retraso en su aplicación práctica, lo que resulta terriblemente decepcionante.

Si pensamos en el caso de los derechos culturales parece que la creación de una herramienta tan maravillosa para la difusión de la cultura como internet debería haber ayudado mucho a mejorar el desarrollo de la cultura y la interconexión entre pueblos. Posibilidades se han visto empañadas por el dato de que la mayor parte de los habitantes de los países subdesarrollados no tienen ninguna forma de acceder a la red lo que en lugar de estrechar amplía la desigualdad entre unos países y otros.

Desde el punto de vista de los derechos económicos y sociales es cada día más evidente que la progresiva quiebra del Estado Social de Derecho está produciendo una pérdida paulatina de nuestros derechos. A esto hay que añadir la progresiva libertad con la que cuentan las empresas y que hace que cada día resulte más difícil mantener algunos de los privilegios de los que hemos gozado durante generaciones, como las jornadas laborales reducidas, el derecho a ejercer libremente la huelga sin miedo a represalias, el derecho a un salario justo, etc.

La globalización y los derechos de la solidaridad

En consecuencia, podemos decir que, tal vez por primera vez, contamos con expectativas reales de satisfacer las demandas que nos impone el derecho al desarrollo, o de llevar a cabo un crecimiento económico que sea más respetuoso con el medio ambiente o, incluso, la posibilidad de alcanzar un sistema de relaciones internacionales que facilite la paz. La realización de estas maravillosas oportunidades dependerá, no obstante, del comportamiento de múltiples factores. A todos nosotros, como miembros de las sociedades más desarrolladas nos corresponde, más que a nadie, luchar porque el futuro permita construir un mundo más acorde con lo que las teorías de los derechos humanos demandan.

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